Los chicos de La Nación tuvieron la gran idea de meter a Pablo Saraví -violinista reconocido del Teatro Colón- a tocar un rato en una estación de subte. El objetivo fue "demostrar" algo que se sospechaba: lamentablemente a la gente mucho no
le cabe la música académica y es bastante reacia a ponerse a escucharla en un túnel infecto con cuarenta grados de temperatura. Esperable, pero una vergüenza de todos modos. Las repercusiones forísticas tampoco sorprenden: la culpa del desdén ciudadano (como de cualquier otra cosa) la tienen el gobierno, el comunismo y los negros. Ahí tienen.


NOTA ORIGINAL.